https://youtu.be/ykKG26SmNw4?si=olpLRZuo-6oxwS1Y
En el acompañamiento ecuestre solemos hablar de técnicas, ejercicios, avances visibles y metas.
Pero, con el tiempo, uno descubre que el verdadero trabajo no está en lo que hacemos, sino en lo que somos.
La sencillez, lejos de ser una renuncia, es una forma de profundidad.
Es un camino que nos invita a despojarnos de lo que sobra para dejar espacio a lo esencial: la presencia, la escucha y la asociación positiva (posterior vínculo en función del tiempo.
Cuando trabajamos desde la sencillez, no buscamos resultados inmediatos ni movimientos perfectos. Buscamos disponibilidad.
Un encuentro real y honesto.
Pequeños instantes donde el caballo y persona pueden reconocerse sin filtros ni exigencias.
La presencia: nuestra primera herramienta
Antes de tocar una cuerda o de pedir un movimiento, el caballo ya nos ha leído.
Sabe si llegamos con prisa, con tensión, con expectativas… o si llegamos abiertos, aterrizados y disponibles.
La presencia es la herramienta más poderosa que tenemos, aunque a veces también la más difícil de sostener.
Requiere que bajemos el ruido interno y que nos permitamos sentir sin anticipar.
Trabajar desde la sencillez empieza aquí: en cómo entramos al espacio, en cómo respiramos, en cómo nos colocamos ante el caballo.
Desde ahí, todo cambia.
La importancia de hacer menos para sentir más
La simplicidad no significa pobreza de recursos, sino claridad.
Al usar lo mínimo imprescindible, quizá solo una cuerda y nuestro cuerpo, estamos invitando al caballo a una relación más directa y honesta. Sin interferencias.
Esto nos obliga a observar antes de actuar. A esperar una invitación. A escuchar las señales pequeñas que, en realidad, son las que más dicen: una oreja que se orienta, un suspiro, un cambio en el peso, un mínimo desplazamiento.
En este tipo de trabajo, no imponemos el movimiento. Creamos las condiciones para que el movimiento aparezca.
El diálogo silencioso
Cuando dejamos de insistir y comenzamos a acompañar, surge un tipo de conversación muy sutil entre humano y caballo.
Una conversación hecha de pausas, de microgestos y de disponibilidad.
Cada acción es una propuesta. Cada respuesta del caballo es información valiosa. Cada pausa después de un gesto abre espacio para que ambos procesen lo vivido.
La sencillez es, en este sentido, una forma de respeto. Respeto por el tiempo interno del caballo, por su percepción del mundo y por su manera natural de relacionarse.
Acompañar, no dirigir
La verdadera magia del acompañamiento aparece cuando dejamos de colocarnos como instructores y empezamos a situarnos como compañeros de proceso.
El caballo no es un alumno al que corregir, sino un ser con capacidad de decisión y elección. Y cuando le damos espacio para elegir, suele sorprendernos con respuestas más claras, más suaves y más auténticas que cualquier resultado forzado.
La sencillez nos invita a aceptar que no tenemos que llevar todo el control. Que un error no es un problema sino una oportunidad. Que la relación se construye en la libertad, no en la presión.
Un cierre que deja huella
Terminar una sesión sencilla suele dejarnos una sensación distinta: más calma, más claridad, más conexión. Aunque no haya habido grandes gestos, ha habido algo mucho más valioso: un encuentro real.
Agradecer internamente al caballo por su disponibilidad, cerrar con una respiración compartida o simplemente quedarnos unos segundos en silencio a su lado crea un anclaje emocional profundo.Al final, trabajar desde la sencillez es un acto de humildad y de confianza. Un recordar que no se trata de hacer más, sino de quitar lo que sobra para que aparezca lo verdadero.