Cuando el camino termina. La Muerte como Parte de la Asociación Positiva

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Por Carlos Ganzabal Cuena, iPoney Outdoors Spaces

El domingo 29 de marzo de 2026, uno de mis caballos se fue.

Era mayor. No sufrió. Simplemente llegó al final de lo que tenía que recorrer, y yo estuve ahí, a su lado, haciendo lo que podía con lo que tenía.

No busco palabras perfectas para esto. No creo que existan. Pero sí sé que hay algo importante en no apartar la mirada, en no reducir este momento a una pérdida más y seguir como si nada. Porque en ese tránsito, en ese instante concreto e irrepetible, hay algo que merece ser nombrado.

Vivir con caballos es aprender a vivir con todo

Elegir estar con caballos de verdad, no como herramientas, no como recursos terapéuticos abstractos, sino como seres con los que construyes una historia compartid, es firmar un pacto silencioso con la vida entera. Y la vida entera incluye la muerte.

En el trabajo desde la Asociación Positiva hablamos mucho de construir vínculos desde la seguridad, el respeto y el bienestar. Los Cinco Dominios del Bienestar Animal nos invitan a mirar al animal como alguien con experiencia subjetiva: con estados mentales, con emociones, con una vida que tiene sentido desde dentro. Eso es hermoso. Y también es exigente.

Porque si el caballo siente, su muerte también ocurre desde dentro. No es un fallo del sistema. Es un evento con peso propio. Un evento que merece dignidad.

A él le ofrecí lo máximo que podía. Años de presencia. Atención a lo que necesitaba, no a lo que yo proyectaba sobre él. Espacio para ser lo que era: no un caballo ideal, no un caballo funcional. Él. Su carácter particular, sus ritmos, sus maneras de decirme cosas que yo aprendí a escuchar con el tiempo.

Y al final, eso es lo que queda. No los registros ni los protocolos. La calidad del vínculo que compartimos.

La muerte no es el fracaso del cuidado

Hay algo muy humano en sentir, cuando un animal muere, que algo falló. Que deberíamos haber hecho más, detectado antes, actuado de otra manera.

Lo entiendo. Yo también lo sentí.

Pero cuando el camino llega a su fin de forma natural, sin sufrimiento, después de una vida bien vivida, la muerte no es una derrota. Es, en cierto modo, la culminación de todo lo que construiste juntos. La última escena de una historia que valió la pena.

Los Cinco Dominios no son una promesa de eternidad. Son un compromiso de presencia. Un compromiso de ver al animal —de verdad verlo— durante todo el tiempo que comparten. Hasta el último día. Hasta el último momento.

Lo que nos enseñan al irse

Mientras viven, los caballos nos enseñan a estar en el cuerpo, a leer el entorno sin filtros, a relacionarnos sin máscaras. No aceptan otra cosa. Si no estás presente, ellos lo saben antes que tú.

Y cuando se van, nos dejan algo igual de importante: la certeza de que el apego no es debilidad. Es la prueba de que algo fue real.

Llorar a un caballo no es una reacción desproporcionada. Es la respuesta natural de alguien que no se blindó emocionalmente para protegerse. Que apostó por el vínculo aunque sabía; siempre supo, que tendría un final.

En el mundo de la equinoterapia y los servicios asistidos con caballos, a veces el bienestar animal se convierte en una cuestión técnica: protocolos, evaluaciones, indicadores. Y todo eso es necesario, no lo dudo. Pero debajo de esa estructura tiene que haber algo más sencillo y más difícil a la vez: el amor genuino por estos animales. El que no cabe en ninguna rúbrica. El que duele cuando se van.


Seguir adelante sin soltar la memoria

Esta mañana volví a estar con el resto de la manada.

La vida sigue literalmente, porque los caballos que quedan necesitan presencia, cuidado, movimiento. No esperan a que uno termine de procesar.

Y en ese regreso entendí algo: seguir no es olvidar. Es llevar esa historia contigo mientras haces lo que haces. Construir vínculos que valgan la pena. Ofrecer espacios donde los animales puedan ser animales y las personas puedan ser personas. Apostar, una y otra vez, por una forma de estar con los caballos que no los instrumentaliza, que no los reduce, que los ve.

De eso trata el trabajo en iPoney. No solo de programas y protocolos.

De aprender a vivir con plenitud; lo bueno y lo difícil, en compañía de estos seres extraordinarios.

A veces, la mejor forma de honrar a quien se fue es seguir construyendo el mundo en el que ellos habrían querido vivir.

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